
Cada mañana, antes de que el sol termine de salir, mi primer motivo de inspiración ya tiene nombre: el tuyo.
Te confieso que no siempre es fácil abrir los ojos al mundo; hay días de cansancio profundo y otros de una motivación vibrante. A veces, hay silencios largos donde tú siempre estás presente; en esa quietud me hago las preguntas más honestas: ¿Qué debo hacer? ¿Por dónde comienzo? ¿Lo estaré haciendo bien?
He descubierto que los retos más grandes no están en el tráfico, el clima o los problemas externos. La verdadera batalla ocurre en la intimidad de mi mente. He aprendido a lidiar con mis pensamientos, a ponerles límites y a cultivarlos, porque entendí que para cuidar de ti, primero debo cuidar de mí.
Hay días en los que el silencio pesa y debatir solo con mi cabeza no parece la mejor idea. Otros días, la tristeza busca salida y he aprendido que llorar a solas no es rendirse, es sanar para seguir adelante.
Pero, sin importar cuán empinado sea el camino, me levanto con una certeza absoluta: cada pequeño paso que doy es un triunfo para los dos. Dedico mi vida a buscar las respuestas que te brinden un futuro mejor. Busco mi mejor versión porque quiero ser el papá que mereces y el ejemplo que te guíe.
Quiero que aprendas, a través de mis propias cicatrices, que cada amanecer es una oportunidad de reinvención. No estamos solos. Nada es imposible si caminamos juntos. Y sobre todas las cosas, nunca olvides que papá te ama.
Y tú, que me lees, ¿cuál es el motor que te levanta en tus días de silencio?
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